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Cebras alegraron la Navidad de 500 niños que viven en penales

Cebras alegraron la Navidad de 500 niños que viven en penales

"Mis niños están muy felices, porque no salen a menudo. Fuera del penal todo les parece de otro mundo... se sorprenden con los juguetes y principalmente con las Cebras que se los entregan. Para ellos, la Navidad es distinta”, expresa Ana María, madre de tres niños y esposa de un recluso de San Pedro: su hogar desde hace dos años.

Sus pequeños fueron parte del grupo de 500 menores -que viven con sus padres en las cárceles de San Pedro, Miraflores y Obrajes- que fueron agasajados en vísperas de la Navidad. El evento fue organizado por la Subalcaldía Centro y Bolivia Electrónica, una comunidad cultural que recolectó fondos para repartir juguetes, panetones, frazadas y meriendas.

Muchos de los chicos visitan el Espacio Interactivo Pipiripi por primera vez con alegría y sorpresa; así lo reflejan sus rostros cuando un grupo de payasos les hace interpretar canciones de Miliki o Piñón Fijo, mientras comen gelatina, tucumanas, torta o corretean de un lado para otro.

"Está muy bien darles un poquito de alegría a los niños, porque se sienten mal con sus papás ahí adentro. No poderles sacar, dar una vuelta , pasear... es duro”, narra Ángeles, madre de una criatura de un año, y casada con un reo, quien está en San Pedro 2008.

En las cárceles de Bolivia viven 1.076 menores junto a sus madres y padres privados de libertad. 593 son niños y 483 niñas, según datos de Régimen Penitenciario. La legislación sólo permite que permanezcan en los penales hasta los seis años pero la ausencia de un tejido social que les preste atención integral hace que muchos de ellos superen esa edad.

Los motivos por los cuales sus padres están en prisión son diferentes, sin embargo nada tiene que ver con ellos. Por ello, diversas iniciativas alegraron la Navidad de éste y otros grupos en riesgo.

"Estas actividades les ayudan a distraerse y compartir con otros niños que, como ellos viven con sus papás en el penal”, expresa Rosa, una joven madre que también reside en San Pedro, acompañando a su marido.

"Muchos de los niños van al colegio pero no tienen muchas oportunidades de conocer espacios como el Pipiripi. Al llegar, vi que los chicos observaban y se sorprendían de todo”, narra Marcia, encargada de cuidar a los niños de la cárcel de Miraflores. "Es complicado sacar a los niños y realizar este tipo de actividades”, agrega.

Mientras la mañana transcurre con un intenso sol de verano, diferentes grupos de niños se retiran y otros llegan de diferentes recintos penitenciarios. Su alegría es inmensa al subir al funicular que los eleva hacia el espacio de juegos. Alguno se aferra a una de las Cebras, que hacen de anfitrionas del festejo.

De pronto Ana María se despide nostálgica: "Al irnos nos sentimos contentos por estos obsequios. Es triste no estar aquí afuera con nuestros esposos. Sé que algún día vamos a salir todos juntos, con nuestras wawas”, dice acompañada de sus tres niños: de 11, nueve y dos años.

En el nuevo grupo llega Thania, quien sostiene en sus brazos a su bebé de seis meses; abajo está su hijo mayor, de siete años. "Me siento bien alegre porque mis hijitos están divirtiéndose”.
Mientras los pequeños juegan y disfrutan una merienda, el subalcalde Fernando Valencia, uno de los impulsores de la actividad, reparte abrazos.

"Es un escenario totalmente distinto, ellos siendo inocentes tienen que verse obligados a compartir una situación penosa, desde todo punto de vista. Estar aquí, en un jardín, con las Cebritas, sin duda alguna los debe llenar de mucha alegría”, indica.

Para Teresa el agasajo cambió la monotonía de sus días: "Trabajamos en San Pedro. Mi esposo hace costura, nos dan almuerzo y hay una buena relación entre todas las señoras y los niños; eso es importante”, afirma.


Otra de las madres, Martha, comenta que los niños que viven en el penal de San Pedro tienen guarderías y realizan diversas actividades, algunas de reforzamiento pedagógico. "En eso no me quejo, porque mis hijos están todo el día en la guardería o aprendiendo”, expresa.

La situación es similar en el caso del recinto penitenciario femenino de Miraflores. "Observé que los niños tienen un ambiente adecuado, si bien ese no es el escenario ideal, pero se puede decir que están bien; aunque necesitarían un espacio más amplio”, comenta una encargada de cuidar a los pequeños, Marcia.

Llegó el mediodía. Los payasos se secan el sudor, cambian sus enormes zapatos y se van. Algunos pequeños están extenuados y tienen que subir al bus que los devuelva a casa. Se retiran cargados de panetones y de obsequios. "Yo me divertí mucho, quisiera que todos los años sea Navidad para venir al Pipiripi”, dice Saul, de seis años.

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