
La Paz, 23 de ago. Recuerda que cuando era niña su familia pasó necesidades, pues hubo momentos en los cuales no había más que jugo de naranja con pito.
El recibimiento que brinda la senadora Rhina Aguirre en su oficina de la Cámara Alta es acogedor, lo que dice mucho de su persona sencilla, humilde, trabajadora; pero por sobre todo elocuente al momento de expresarse y recordar su vida desde la niñez, allá en su natal Tarija, donde pasó necesidades junto a sus padres y ocho hermanos. Tampoco le molesta hablar de la enfermedad que le provocó perder el sentido de la vista. Cambio refleja lo que vivió en esta entrevista:
—¿Cómo fue su niñez?
—Fue como la niñez de todos los hijos de obreros, mi padre era un artesano y a veces abundaba la comida en casa. Cuando la joyería iba bien teníamos de todo, desde las revistas Billiken hasta el Pato Donald y otras que llegaban de Argentina. También podíamos tener una caja de caramelos Mariluz y una vez al año, para la Navidad, nos compraban toda la ropa para el año.
—¿Y las necesidades que pasaron con su familia?
—Sí las hubo, porque otras veces no había nada más que agua de naranja con un poco de pito, porque no podíamos comprar pan, sin embargo esa época fue alegre a la orilla del río Guadalquivir, donde íbamos a bañarnos en vacaciones y cruzábamos a nado hasta el frente para conseguir duraznos o peras; todo eso entremezclado con las labores de casa.
—¿Cuándo comenzó a ver las diferencias?
—En mi niñez porque como era un solo colegio de mujeres, nos dábamos cuenta (con sus hermanas) de que en muchas casas de nuestras compañeras había todo; por eso siempre nos preguntábamos porqué pasaba esto, pero no encontrábamos respuesta.
—¿Cuáles eran sus sueños?
—Conocer el mundo porque sabía que era más grande que Tarija, que había ríos más grandes que el Guadalquivir, quería conocer el mar, viajar pero sobre todo aprender, porque mi padre era un excombatiente de la guerra del Chaco autodidacta que nos incentivó a la lectura. Leyendo nos transportábamos a otros mundos.
—¿En colegio qué cosas le enseñaron?
—En esa época teníamos como maestra a la madre Benjamina, quien nos preparó para dos cosas, una para el hogar enseñándonos a hacer un presupuesto con lo poco que ganarían nuestros futuros maridos; y la otra para manejar los atlas con los que paseábamos el universo y llegábamos a las estrellas, lo que me cultivó la necesidad de saber y aprender. Por eso me hice intrépida en mis profesiones posteriores dedicándome al trabajo.
—¿Qué enseñanzas le dejó su señor padre?
—Mi padre dominaba el marxismo, era muy amigo de Nilo Soruco y de mucha gente de esa línea política. Nos hablaba de la lucha de clases y ahí supe lo bueno que era aprender y compartir, porque a partir de esto crece el conocimiento. Por eso, desde pequeña, me hice una pregunta: ¿cómo hacer que a nadie le falte nada?, porque a mi misma me faltaba, mis compañeras en el colegio se cambiaban todos los días, mientras en mi casa faltaba pan.
—¿Cuál es su peor recuerdo?
—Llegar a un hospital de Tarija y ver que una madre campesina llegada de lejos lloraba desgarradoramente sosteniendo a su bebé que falleció esperando atención. Me acuerdo mucho del rostro de esa madre, de la expresión desesperada y de la palidez del niño.
—¿Y el mejor recuerdo?
—Una vez que caminaba en una peatonal de Ecuador, durante mi exilio, se me perdió mi hijo, mientras compraba una revista. Cuando me volqué desesperada para encontrarlo, él estaba sentando en una puerta con un helado que se había comprado junto a otro niño de la calle sin calzados y con el rostro sucio. Ambos estaban compartiendo el helado y los rostros de esos niños nunca se me van a olvidar, eran la expresión misma de la felicidad.
—¿Su matrimonio?
—Yo me casé grande, como dicen, me “juntuché” primero en el exilio, pero fue a los 40 años. En la actualidad, para nosotros primero son los demás, la comunidad, porque sólo a través de eso podemos disfrutar. Nunca hemos discutido como otras parejas, de celos o de la economía familiar; estamos embarcados en otra cosa y nos ayudamos mutuamente, en las noches leemos. Somos felices de habernos encontrado.
—¿Cuándo se presentó el problema en la vista?
—Adquirí toxoplasmosis, es un parásito que como las amebas está en el ambiente y los transmiten los gatos en sus heces. Este problema fue descubierto muy tarde, durante mi exilio en el Ecuador. Pero no me afecta mucho porque la vida no ha cambiado en lo absoluto, puesto que cocino, lavo, plancho y he aprendido repostería. En Tarija me muevo sola, pero acá tengo una asistente personal para la firma de documentos y tratar información delicada. Esta persona es de mi entera confianza. Pero le digo que no fue limitante ni para seguir siendo coqueta.
—¿Qué fue lo que orientó su vida?
—Luego de ser novicia me relacioné con equipos de la Pastoral que trabajaban en La Paz, basados en la Teología de la Liberación, en los principios sociales de la vida y crear un mundo en el que todos puedan vivir bien. Eso orientó definitivamente mi vida y decidí no hacer los votos perpetuos con las hijas de Santa Ana, porque encontraba que como laica tendría más libertad.
—¿Alguna vez soñó con llegar a ser senadora?
—Nunca, jamás he soñado con el poder, ni siquiera con llegar a ser jefe en la oficina donde trabajaba, aunque llegue a serlo. Pero cuando se me convocó para el Senado, me enteré que fueron varias organizaciones sociales que me propusieron. Estaba asombrada, la postulación me cayó de sorpresa. Ahora de lo que estoy segura es que haré las cosas con la misma ética, la moral y el convencimiento. Creo en el proceso, confío en nuestros líderes (Evo Morales y Álvaro García Linera) y aprendemos de ellos.
Luego de la entrevista con Cambio, la senadora se levanta y camina hacia su computadora, la enciende y comienza a interiorizarse de muchos temas para tomar decisiones importantes para el país. Luego se despide de nosotros con una amplia sonrisa que nos hace ver la realidad de una mujer luchadora y comprometida con los necesitados.
Breve reseña de una senadora luchadora
La senadora Rhina Aguirre Amézaga (MAS), presidenta de la Comisión de Naciones y Pueblos Indígenas Originarios Campesinos e Interculturalidad, nació en Tarija el 20 de mayo de 1939. Sus padres fueron Humberto Aguirre Aoiz, artesano joyero natural de Sucre, y Lucía Amézaga de Ameller, nacida en Camargo.
Su padre le inculcó el marxismo-leninismo, lo que se sirvió en su profesión de trabajadora social y sociología, aunque también trabajó en el magisterio, primero como profesora y luego como regente.
Hizo sus estudios desde primaria hasta segundaria en el Colegio Santa Ana de la capital chapaca, donde aprendió muchos valores transmitidos por las monjas que regentaban esa unidad educativa. Es casada con el sociólogo Carlos Samaniego Delgado y tiene un hijo, Carlos Saúl Samaniego Aguirre, que estudia en Ecuador, donde ella estuvo exiliada por la dictadura de Luis García Meza.
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